I – AMARRAS Y LASTRES EN LA VIDA
ESPIRITUAL
En junio de 1783 los hermanos Joseph-Michel
y Jacques-Étienne Montgolfier, hijos de un fabricante de papel
de Lyon, lograron hacer volar, ante la sorprendida mirada de sus compatriotas,
un gran globo de lino de 32 metros de circunferencia. Lleno de aire
caliente obtenido por la combustión de paja seca, el aparatoso
invento se elevó del suelo varios cientos de metros y recorrió
en diez minutos una distancia de dos a tres kilómetros. Tres
meses más tarde los hermanos repetían con éxito
su experimento en el Parque de Versalles frente a Luis XVI, María
Antonieta y toda la corte de Francia.
La técnica de fabricación de aeróstatos
se ha perfeccionado mucho desde entonces, pero el principio de su funcionamiento
—basado en una de las más elementales leyes de la Física—
se mantiene inalterable: el aire caliente, más ligero, tiende
a subir. Mientras el globo va llenándose de aire, se mantiene
sujeto al suelo con amarras; en un momento dado éstas se sueltan
y el ingenio emprende su ascenso, siendo entonces necesario la liberación
gradual de los lastres para así alcanzar una mayor altitud.
He aquí una hermosa imagen de la elevación
de las almas hasta Dios. "Calentadas" por la práctica
de las virtudes, especialmente la caridad, empiezan su elevación
espiritual y comienzan a "volar". Sin embargo, como consecuencia
del pecado, suele haber amarras que las atan a la Tierra y lastres que
dificultan su itinerario rumbo a la perfección. Por ende, resulta
imperativo cortar aquellas y aligerar éstos para que el espíritu
humano pueda elevarse hacia lo trascendente y hacia lo eterno. A semejanza
de nuestro cuerpo, las almas padecen los efectos dañinos de una
especie de ley de la gravedad espiritual, por la que nos sentimos atraídos
hacia lo más bajo, lo más trivial, lo que nos exige menos
esfuerzo.
Existen amarras y lastres incluso para las personas
consagradas, y son a veces más difíciles de romper que
las de los simples fieles. Si los religiosos no corresponden a la invitación
de la gracia para vivir en un mirador más elevado, podrán
sentir como que un vértigo que los hará tender con particular
vehemencia al apego de lo terrenal.
Para ayudar a vencer esas trabas en las instituciones
religiosas, el Espíritu Santo suscitó a través
de los tiempos las más diversas formas de espiritualidad que
intensifican el desapego de los bienes pasajeros. La radicalidad de
algunas mueve al asombro. Por ejemplo, la Orden de los Clérigos
Regulares Teatinos vive de limosnas, como tantas otras, pero sus miembros
no pueden pedirlas: deben esperar a que les sean ofrecidas espontáneamente.
1
Cristo, teniendo presente nuestra mala inclinación,
nos enseña que la renuncia y la abnegación son indispensables
para ser verdaderos discípulos suyos. Esta es la lección
de la Liturgia de este domingo.
II – ¿ODIAR AL PADRE Y A LA MADRE?
"En aquel tiempo, junto
con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose
vuelta, les dijo:".
Cuando el Divino Maestro comenzó
su predicación sólo unos pocos iban tras Él; pero
en poco tiempo el número de sus seguidores fue creciendo hasta
formar un público considerable. A esta altura del Evangelio de
San Lucas, cuando el Señor camina por última vez hacia
Jerusalén, ya se puede decir que "con Jesús iba un
gran gentío".
Sin embargo, hablando con propiedad, no se podría
dar a todos el nombre de discípulos. Tal como acentúa
el Cardenal Gomá, aquellas muchedumbres seguían a Nuestro
Señor "movidas tal vez por pensamientos demasiado humanos,
presagiando quizá la gloria temporal del reino mesiánico".
2
Ése fue el motivo que llevó a Jesús
a dirigirse a ellos —y también a nosotros— a fin
de enseñar el verdadero significado del Reino de los Cielos y
las condiciones para alcanzarlo.
Jesús debe ser amado con amor perfectísimo
"'Cualquiera que venga a
mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer
y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida,
no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue,
no puede ser mi discípulo'."
El sentido del verbo griego μισεω
en este pasaje es interpretado por algunas versiones de la Escritura
como "posponer", "desapegarse", o en el presente
caso, "no amar más que"; sin embargo, la Vulgata prefiere
traducir el vocablo μισεω por odit (odiar,
aborrecer). De ahí la formulación clásica de este
versículo: "Si alguno viene a mí y no odia a su padre,
a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas
y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo".
3
¿Cómo explicar a la luz de los Mandamientos
esta exigencia de odiar a los parientes más próximos y
hasta la propia vida? Si sacáramos todas las consecuencias a
que puede inducir un examen superficial de este versículo, ¿no
llegaríamos al parricidio, al fratricidio o incluso al suicidio?
¿No será, pues, incorrecta, por hiperbólica, la
traducción de San Jerónimo?
No lo parece. Al contrario, en este contexto el uso
del verbo odiar acentúa con énfasis didáctico el
más profundo sentido de las palabras del Maestro: la necesidad
de amar a Dios por encima de todo, y por consiguiente, de desprenderse
radicalmente hasta de lo más querido si constituye un obstáculo
para seguir al Señor. Jesús es digno de ser amado con
un amor perfectísimo; jamás llegará a ser verdadero
discípulo suyo quien no esté dispuesto a llevar el desprendimiento
en su Nombre hasta el último extremo: "Quien ama a su padre
o a su madre más que a mí, no es digno de mí"
(Mt 10, 37).
Santo Tomás explica en la Suma Teológica
que a la virtud de la piedad cabe "mostrarse servicial y respetuosa
con los padres del debido modo. Por supuesto que el debido modo no consiste
en que el hombre ponga más empeño en honrar a su padre
que en honrar a Dios […]. Por tanto, si el cuidado de los padres
nos aparta del culto de Dios, ya no sería acto de piedad el insistir
en el cuidado de los padres contrariando a Dios".
4
En igual sentido debe interpretarse la llamada a abandonar
incluso "la propia vida", como lo apuntan Balz y Scheider:
"La exigencia de Jesús de que hay que aborrecer a los parientes
y de que hay que aborrecerse a sí mismo a causa de Él
(Lc 14, 26), o de que no hay que amar a los parientes más
que a Él (Mt 10, 37), vienen a decir en realidad lo mismo:
ante la decisión de seguir a Jesús hay que dejarlo todo
a un lado".
5
"Tendrá como enemigos a los de su propia casa"
Pero, ¿cómo pueden el padre y la madre,
el hermano y la hermana representar obstáculos a nuestra salvación?
Para contestar mejor esta pregunta es útil
recordar otro pasaje del Evangelio, relacionado con el de hoy: "No
piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer
la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su
padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así,
el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa"
(Mt 10, 34-36).
Romano Guardini comenta estos versículos de
San Mateo, en cierto sentido más incisivos aún que los
de San Lucas: "El mensaje de Jesús es mensaje de salvación.
Anuncia el amor del Padre y el advenimiento del Reino. Llama a los hombres
a la paz y a la concordia en la santa voluntad. Con todo, su palabra
no empieza por producir unión, sino división. Mientras
más profundamente cristiano se vuelva un hombre, más se
distinguirá su vida de los otros que no quieran hacerse cristianos,
o en la medida en que se nieguen a serlo. […] Es por esto que
puede producirse una escisión entre el padre y el hijo, el amigo
y el amigo, o entre los habitantes de una misma casa".
6
Verdadero sentido del verbo odiar
En seguida añade Guardini, con mucha agudeza,
que la exigencia de odiar a los parientes cuando nos apartan de Dios
"es antinatural, y provoca la tentación de conservar los
parientes naturales y abandonar a Jesús".
7
Que la Vulgata, Santo Tomás, San Gregorio Magno
y muchos otros comentaristas recurran a un verbo tan radical como odiar
se explica por su propósito de dejar muy clara la necesidad que
tiene todo hombre de ejercer violencia contra sí mismo a fin
de ser verdadero discípulo de Cristo: "San Gregorio, al
exponer esas palabras del Señor, dice que 'debemos odiar a nuestros
padres y huir de ellos, no reconociendo como tales a quienes tenemos
que soportar como adversarios en los caminos de Dios.' Porque si nuestros
padres nos incitan a pecar y nos apartan del culto divino, debemos,
en cuanto a esto, abandonarlos y sentir aversión hacia ellos".
8
Por tanto, el amor a los hermanos y las hermanas,
los hijos y las hijas, el padre o la madre, es natural, legítimo
e incluso un deber; pero debemos repudiarlo con total energía
si nos impidiera seguir a Cristo. Una vez más es Santo Tomás
quien lo pone en claro: "No se nos manda odiar a nuestros parientes
por ser parientes, sino sólo porque nos estorban amar a Dios.
Bajo este especto no son parientes, sino enemigos, según la Escritura:
'Los enemigos del hombre son sus domésticos' (Mi 7, 6)".
9
Más adelante agrega: "Por mandamiento
de Dios debemos honrar a los padres en cuanto están unidos a
nosotros por la naturaleza y por la afinidad, como aparece en Éxodo
20, 12. Deben ser odiados si constituyen para nosotros impedimento para
allegarnos a la perfección de la justicia divina".
10
Con eso queda puesto el asunto en su verdadero equilibrio.
La Santa Iglesia puede enseñar con toda autoridad esta doctrina,
puesto que ella evangelizó a los pueblos paganos y consolidó
en el mundo los principios que son cimiento de la familia monogámica
e indisoluble, con su predicación y con la administración
del sacramento del Matrimonio, instituido por Cristo nuestro Señor.
Así estableció para la mujer y los hijos una digna situación
social, terminando con los abusos del mundo antiguo, por ejemplo el
"derecho" del padre a matar sus hijos o del marido a repudiar
su esposa; pero al mismo tiempo la Iglesia enfatiza que todo —incluida
la propia familia— se subordina al servicio y la gloria de Dios.
El padre Duquesne hace otra importante aclaración
sobre el verbo odiar: "El término odiar no significa que
debemos hacerles o desearles el mal; apunta más bien al ardor,
la valentía, la fuerza con que debemos resistirles si acaso se
oponen a nuestra salvación, o nos arrastran al mal, o intentan
disuadirnos de adoptar el estado al que nos llama Dios, o quieren implicarnos
en otro al cual Dios no nos ha llamado; si acaso nos impiden abrazar
la verdadera Fe, o se esfuerzan por mantenernos o arrojarnos en el error".
11
En sentido opuesto podemos considerar numerosos ejemplos
de cuán invaluables, y en cierto modo insuperables, son el estímulo
y el apoyo de la familia para la santificación de sus miembros:
Santa Mónica, cuyas lágrimas y oraciones obtuvieron la
conversión del hijo; San Basilio el Viejo y Santa Emelia, padres
de San Basilio, San Gregorio de Nisa, Santa Macrina y San Pedro de Sebaste;
o los Beatos Luis y Celia Martin, padres de Santa Teresita del Niño
Jesús.
El premio vendrá en la gloria eterna
"El que no carga con su
cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo".
Estas palabras de Jesús descartan
de una vez todas las esperanzas triunfalistas que abrigaba la mayoría
de los judíos a propósito del reino mesiánico.
En efecto, el Señor en toda su predicación no ofreció
nunca la plenitud de la felicidad en esta vida, sino la gloria eterna,
cuyo camino pasa por la abnegación y por el sacrificio. Per crucem
ad lucem ("por la cruz se llega a la luz") reza la conocida
frase latina.
El Apóstol ilustra esta necesidad de sacrificio
y mortificación usando un ejemplo especialmente vivo para sus
seguidores en Corinto: "Los atletas se privan de todo, y lo hacen
para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una
corona incorruptible. Así, yo corro, pero no sin saber adónde;
peleo, no como el que da golpes al aire. Al contrario, castigo mi cuerpo
y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a
los demás, yo mismo quede descalificado" (1 Co 9, 25-27).
Es interesante recordar una piadosa consideración
del padre Duquesne sobre este versículo del Evangelio: "¡Comparemos
nuestra cruz con la de Jesucristo y las de los mártires, y sintamos
vergüenza de nuestra cobardía!".
12
Por tanto, no cabe llevarla a disgusto, protestando de su peso
o dando muestras de amargura ante los sufrimientos que nos trae. Quien
actúa así no carga la cruz, sino que la lleva a rastras;
en consecuencia, no puede ser considerado discípulo del Maestro.
Seguir a Nuestro Señor no sólo significa ir físicamente
tras Él, como muchos de la multitud, sino "imitar sus ejemplos,
practicar sus virtudes", acentúa el mismo padre Duquesne.
13
III – LUCIDEZ Y PRUDENCIA
Enseñar mediante parábolas es una constante
en la pedagogía divina. Aquí, Nuestro Señor va
a recurrir a dos para aclarar vivamente a la multitud que el seguimiento
no pide únicamente esfuerzo y abnegación, sino también
planificación lúcida y ejecución cuidadosa, es
decir, "prudente cálculo del esfuerzo que exige el seguir
a Jesús".
14
Como no podía ser de otra manera, las dos imágenes
fueron elegidas con divina sabiduría para ilustrar a la perfección
la enseñanza de los versículos anteriores. Al respecto,
comenta Maldonado: "Propuso Cristo las parábolas de la torre
y de la guerra, más bien que de otras cosas, por ser dos empresas
bien difíciles y costosas levantar torres y emprender guerras,
que requieren una preparación muy grande y diligente".
15
Los cálculos
para construir una torre o entablar una guerra
"¿Quién de
vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular
los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que
una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean
se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar
y no pudo terminar'".
Como bien observa Maldonado, "calcular
los gastos" significa aquí prepararse con cuidado, inclusive
detenerse a oír prudentes consejos. Todo hombre debe hacer esto
en las encrucijadas importantes de la vida: medir las dificultades antes
de lanzarse por uno u otro camino, siempre de acuerdo a la razón
y no guiado solamente por impulsos o sentimientos. Más importante
todavía: debe decidir y actuar mirando sobre todo la vida eterna,
y no sólo los intereses terrenos, fugaces por definición.
"¿Y qué rey,
cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar
si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él
con veinte mil?".
Las guerras entre pequeños
estados eran comunes en la Antigüedad. Así pues, esta parábola
de Cristo alude a una realidad bien conocida para todos sus oyentes.
Sucede que el hombre llega muy desfavorecido a la
batalla para alcanzar el Reino de los Cielos. Dada la naturaleza decaída
por culpa del pecado original, cada cual lleva terribles enemigos en
su propio interior: "el azote de la carne, la ley del pecado que
impera en nuestros miembros y varias pasiones".
16
A esto se suman "los Principados, las Potestades, los Dominadores
de este mundo tenebroso, los Espíritus del Mal que están
en las regiones aéreas" (Ef 6, 12).
Para realzar esta desproporción de fuerzas,
San Agustín interpreta el sentido de la parábola del siguiente
modo: "Los diez mil que han de pelear con el rey que tiene veinte
mil representan la sencillez del cristiano, que ha de pelear contra
la doblez del diablo", es decir, con sus fraudes y falacias.
17
Tratado de paz con el Supremo Soberano
"Por el contrario, mientras
el otro rey está todavía lejos, envía una embajada
para negociar la paz".
Por su parte, San Gregorio Magno da a esta parábola
una interpretación de carácter escatológico, según
la cual el rey que se aproxima sería Aquel que vendrá
al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.
18
De esta forma, puestos ante la llegada del Supremo
Soberano, en comparación al cual nada somos ni podemos, no queda
más que enviar mensajeros a pactar la paz. Estos son nuestros
Ángeles de la Guarda, nuestros intercesores celestiales y sobre
todo la Virgen Santísima. Pues, como pregunta el padre Duquesne,
"¿quién somos nosotros como para presentarnos ante
Dios y atrevernos a negociar la paz con Él? ¿Qué
tenemos para ofrecerle?".
19
En cuanto a las condiciones de dicha paz, ya fueron
enunciadas en los primeros versículos de este Evangelio: renunciar
a todo y abrazar la Cruz para seguir al Divino Redentor.
El único cálculo permitido al verdadero discípulo
"De la misma manera, cualquiera
de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo".
En las dos parábolas Nuestro
Señor pone en evidencia la necesidad de tener los cálculos
bien hechos antes de partir con un proyecto, asumir una responsabilidad
o trabar una batalla terrenal.
Ahora bien, para San Agustín este versículo
declara el sentido de ambas parábolas, puesto que "el dinero
para edificar la torre y la fuerza de diez mil contra el rey que viene
con veinte mil, no significan otra cosa sino que cada uno renuncie a
todo lo que posee".
20
Agrega el obispo de Hipona: "Lo dicho antes concuerda
con lo que ahora se dice, porque en renunciar cada uno a todo lo que
posee se incluye también el aborrecer a su padre, a su madre,
a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun su propia
vida. Todas estas cosas son propias de cada uno y son obstáculo
e impedimento para obtener, no lo temporal y transitorio, sino lo que
es común a todos y habrá de subsistir siempre".
21
En suma, no hay más que un solo camino para
convertirnos en auténticos discípulos de Jesús:
renunciar del todo a los afectos desordenados y al apego a los bienes
terrenos, evitando que actúen como amarras de nuestra vida espiritual
o como pesados lastres de nuestra alma. Si no nos despojamos plena y
completamente de cuanto nos separa de Cristo, jamás llegaremos
al Reino de los Cielos.
Cabe notar también, como lo hace el Cardenal
Gomá, que deben ser discípulos de Jesús no sólo
los clérigos y religiosos, sino todos los bautizados: "Con
los anteriores ejemplos de la torre y el rey, no quiere significar el
Señor que es libre a cada uno de nosotros hacerse su discípulo
o no, como era libre el de la torre de poner o no poner los cimientos:
sino que intenta enseñarnos la imposibilidad de agradar a Dios
en medio de las cosas que distraen el alma y en las que peligra de sucumbir
por la astucia del diablo".
22
Y San Beda hace una distinción entre el deber
de las almas llamadas al estado de vida consagrada y la obligación
de todos los fieles: "Hay gran diferencia entre 'renunciar a todo'
y 'dejarlo todo': esto último es propio de los pocos perfectos,
y equivale a dejar los cuidados del mundo. Pero renunciar a todo deben
hacerlo todos los fieles, en el sentido de que, si se poseen las cosas
del mundo, no sea uno poseído por el mundo".
23
IV – LOS APEGOS DESORDENADOS NOS ROBAN LA PAZ DE ALMA
El Evangelio de hoy hace patente que
el de-sapego radical y completo es la piedra angular de nuestra vida
interior, tanto como si formamos una familia, si hacemos parte del clero
o estamos consagrados a Dios dentro de algún instituto religioso.
En tal sentido, puede decirse que la liturgia del
23er Domingo de Tiempo Ordinario es una llamada al desprendimiento:
"El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo".
Esto no significa que debemos ser flagelados, coronados de espinas o
clavados a una cruz como lo fue Nuestro Señor Jesucristo; la
cruz que Él nos pide consiste principalmente en vivir desprendidos
de todo lo terreno, como el águila, que vuela sin amarras para
contemplar mejor al sol en las alturas.
Como podemos comprobar continuamente en la vida, el
apego desordenado genera angustias, inseguridades y temores que le roban
la paz a nuestra alma. Por consiguiente, incluso el que no fue llamado
a la vida religiosa, debe hacerlo todo con el corazón puesto
en las cosas divinas, inclusive cuando atienda sus negocios y la administración
de sus bienes. Ese desprendimiento es condición para seguir de
cerca de Nuestro Señor Jesucristo. Actuando así, el alma
experimentará la verdadera felicidad, anticipo de la alegría
que gozará en el Cielo.